Feminismo ‘avant la lettre’

Tiresias

www.nosolomerida.es | Festival de Mérida | Hipatia de Alejandría| Hay muchas alejandrías. Plutarco cuenta que Alejandro Magno fundó unas setenta ciudades que jalonaban su paseo triunfal hacia Oriente: “Alejandreta, Iskenderum en turco. Alejandría de Carmania, actual Kermán, en Irán. Alejandría de Margiana, ahora Merv, en Turkmenistán. Alejandría Eschate, que se podría traducir como Alejandría en el Fin del Mundo, hoy Juyand, en Tayikistán. Alejandría Bucéfala, la ciudad fundada en recuerdo del caballo que había acompañado a Alejandro desde niño, después llamada Jelapur, en Pakistán…”. Lo recuerda Irene Vallejo en uno de los más bellos libros editados en lo que va de siglo XXI, ‘El infinito en un junco’. Y luego está la Alejandría de Egipto, erigida allí donde “el desierto de arena tocaba el desierto de agua”, en la isla de Faro, que más tarde quedaría unida al delta donde el Nilo se funde con el Mediterráneo merced a un largo dique y que albergaría una de las siete maravillas de la antigüedad.

https://www.festivaldemerida.es/wp-content/uploads/2021/07/fotos-de-escena-hipatia-de-alejandria-4-900x600.jpgPara el caso, esta es la que importa, pues allí nació Hipatia —mediado el siglo IV—, que habría de convertirse en el paradigma del feminismo ‘avant la lettre’. Ilustre maestra de la escuela neoplatónica, destacó en los campos de las matemáticas y la astronomía, aunque no le hizo ascos a la filosofía ni a ninguna otra rama del conocimiento. Pretendía saberlo todo y dedicó su vida a transmitir ese aprendizaje a sus discípulos desde el Serapeo, el santuario dedicado al dios sincrético greco-egipcio Serapis, que albergaba en su templo una filial de la mítica biblioteca alejandrina, sin duda el hábitat natural de la hija de Teón. Así, poco a poco, fue cavando su tumba en un tiempo y un lugar en los que no estaba bien visto que una dama se las supiera todas.

Lo que narra ‘Hipatia de Alejandría’, la obra que nos ocupa, es la (intra)historia de uno de los mayores crímenes religiosos registrados en los anales de la ignominia; el más horrendo atropello cometido por los inquisitivos macarras de la moral, que siempre han defendido a mamporrazos las vergüenzas del cristianismo más cerril, en este caso enfrentado a un temible monstruo difícil de domesticar: mujer, inteligente, culta y noble; todo un peligro para sus cortas entendederas y su exigua tolerancia. La eterna batalla entre la ciencia y la superchería, la razón y la fe, la luz y las tinieblas, el todo y la nada… con el agravante de que esta vez el enemigo era, para más inri, enemiga. Lo de siempre, vamos.

Eso ya lo contó Alejandro Amenábar, malamente, hace algo más de una década en ‘Ágora’ (2009), y ahora nos lo refresca Miguel Murillo —que https://www.festivaldemerida.es/wp-content/uploads/2021/07/fotos-de-escena-hipatia-de-alejandria-6-900x600.jpgasegura no haber visto aún la película, aunque algunas de sus ‘escenas’ remitan inevitablemente a ella— mediante una dramaturgia muy bien trabada. ‘Hipatia de Alejandría’ es, pues, ‘Ágora’ con menos medios… pero con más tino. Para empezar —perdón por la obviedad—, no es cine: es teatro. Y eso, que podría parecer poco, es mucho, porque una obra eminentemente didáctica, divulgativa y discursiva como esta agradece los favores prestados por el lenguaje dramático.

Su tarea la complementa a las mil maravillas Pedro A. Penco, que consigue que sus actores luzcan tan grandes como el monumento que tienen detrás —según su confesada pretensión— con una puesta en escena diseñada a golpe de metrónomo, ligera pero profunda, con un exquisito uso del espacio. A esto último contribuyen enormemente la escenografía de Diego Ramos, que juega hábilmente con círculos y elipses, tan determinantes en los descubrimientos astronómicos de Hipatia, y el delicioso vestuario de Rafael Garrigós, que envuelve con insuperable belleza el nítido mensaje del espectáculo.

El reparto cumple con nota, pero sobresalen Paula Iwasaki, que insufla vida a su Hipatia, mucho más chispeante y libérrima que la ñoña encarnada por Rachel Weisz en el cine; Alberto Iglesias, dotando de humanidad a su Teón; Daniel Holguín, que resuelve con templanza las románticas ambigüedades y contradicciones de Orestes; y Rafa Núñez, que confiere una presencia cuasi sobrenatural a su Cirilo. Y luego está el zumbón loco de Cirene, interpretado por Francis Lucas, que supone el mayor acierto de la dramaturgia de Murillo; y, en el polo opuesto, el coro de errantes —los cinco planetas que se conocían por aquel entonces—, que sobra, por redundante y por vulgar.

Hay muchas alejandrías. Para el caso, la que importa es la anterior a la muerte de Hipatia, la que recrea esta (más que) digna compañía extremeña.

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